Toc... Toc... ¿Quién es?
- Toc… toc…
- ¿Quién es?
- Dios
- ¿Dios?
- Sí, ¡Dios!
- … (¿Y ahora? ¿Qué hago?)
“Manual de instrucciones para casos de manifestaciones profundas de Fe”. Un manual de estos me hubiese venido genial, pero la realidad es que ese salvavidas no existe, tampoco las recetas mágicas, ni los “paso a paso”. Todos sabemos que Dios puede manifestarse de muchas maneras y que en cada persona suele hacerlo distinto. En mi caso fue intenso y turbulento, pero esto era obvio, el pobre tenía que lograr movilizar a un alma que lo había estado ignorando por largas temporadas y quien le cerraba las puertas en las narices cada dos por tres.
Jamás voy a olvidar el día, el momento exacto en el que todo se dio vueltas. El aire cálido se hacía presente en el invierno Paraguayo. El voluntariado funcionaba de maravilla y sólo nos quedaban unos pocos días para volver a casa. La familia Spínola estaba reunida y cada momento se disfrutaba con mayor intensidad de la normal; las cuatro voluntarias argentinas sabíamos que eran nuestros últimos momentos, así que cada minuto se vivía como si fuera el último. Claramente me encontraba con la guardia baja y el Señor no lo dudó, era su momento, ¡el momento de actuar! La furgoneta que nos llevaba al barrio no era lo suficientemente grande para todos, así que nos dividimos en dos grupos, yo me quedé en el que iría más tarde. Sentada en el porche de la casita de las Esclavas, aguardando a que lleguen a buscarnos, empecé a sentir algo fuerte en el pecho, algo que no me dejaba respirar. Desde hacía algunas horas me sentía extraña, inquieta e inestable. Una mezcla de cosquillas en el estómago y un fuego que me recorría el cuerpo y ponía mi piel como de gallina. Ya no sabía qué hacer, si sentarme, pararme, callar, hablar, caminar o correr. Algo me estaba removiendo, pero no podía identificar qué era y no quería reconocer que era Él el que estaba llamándome. Por primera vez en mi vida decidí que no podía pasar por alto lo que estaba sintiendo, sabía que necesitaba hablar, así que ese día no fui al barrio. Para mi suerte, Dios, me había puesto enfrente a la persona idónea para compartir eso que me pasaba. Ella no me conocía de nada, ni yo a ella, pero tuve la sensación de que era quién iba a ayudarme. El problema era que no me atrevía a decirle que necesitaba hablar ¿Cómo le explico? ¿Por dónde empiezo? No me atrevía ni a acercarme a la mesa en donde estaba. Era la primera vez que reconocía que Dios estaba moviéndose en mí y que otra persona, que no era yo, ¡iba a saberlo! Tomé valor y me senté junto a ella en la mesa. Me prestó sus oídos y escuchó, de la forma que escuchan los que saben escuchar. Las palabras fluyeron por largas horas y recibí los mejores consejos que me podían dar en ese momento. La confusión reinaba pero, ahora, se sumaba la felicidad, porque estaba dejando que el Señor actúe en mí.
Los días pasaron, pero la sensación seguía y las inquietudes aumentaban. Fue al llegar a mi casa, en Argentina, cuando las cosas empezaron a girarse y, yo, tenía que tomar decisiones.
Con veinte años tenía una vida bastante estable, nunca había dejado de ser caótica, pero al menos tenía un Norte. Mi carrera en Geografía avanzaba; me desempeñaba en política dentro de la facultad, en donde dedicaba mis horas a asistir a otros estudiantes; llevaba tres años viviendo en la capital de mi provincia, era independiente y estaba cómoda.
Pero luego de mi regreso de Paraguay todo cambió y las preguntas invadieron mis días ¿Será la vida religiosa? ¿Tendré que cambiar de carrera? ¿La política me está hundiendo? ¿Dejo mi piso en Santa Fe? ¿Vuelvo a casa? ¿Me voy a vivir a España? Mis planes fueron cambiando y fluctuaron desde volver a Paraguay por más meses hasta irme, en un tiempo, a vivir a España. Lo primero que dejé fue la política pero me faltaba valentía para dejar la carrera. Fueron semanas de vivir en un torbellino que me llevaba de un lado a otro. Siempre fui muy segura pero en ese momento tenía una sola certeza: “no sabía qué hacer”.
La paciencia, la calma y la oración son difíciles de implementar y de encontrar en momentos tan cruciales, pero son el mejor remedio y las mejores aliadas para tomar las decisiones correctas. El agua corrió por debajo el puente y, aunque el Norte seguía sin aparecer en mi brújula, todo empezaba a verse más claro.
Hoy, mi vida es totalmente diferente a la de unos meses atrás. Tuve que girar 360º el timón de mi barco para volver a encontrar el Norte, desplegué todas las velas para que los vientos de Dios me guíen por su camino y llené mi alma de valor para elevar el ancla que me aferraba a una vida en donde no era plena y, mucho menos, feliz.
Si me buscan ya no me encontrarán en los pasillos de la Facultad de Humanidades. Me encontrarán dentro de la cocina de un pequeño restó, entre hornos, cuchillos y sartenes; me encontrarán viviendo un sueño que no me atreví a vivir antes; me encontrarán empezando de cero, desde abajo; me encontrarán sonriendo de camino al trabajo y también de regreso.
Dios actuó en mí y lo sigue haciendo. Aunque el camino no sea fácil, aunque las cosas se nublen un poco, sé que va a estar ahí… codo a codo, sosteniéndome y llenándome de su Espíritu.
Debo dedicar un párrafo a mi querida Ainara, quien fue una gran aliada en estos últimos meses y quien, además, me invitó a participar de este blog (el cual me parece un espacio maravilloso). Después de dar algunas vueltas supe que quería compartir mis experiencias con quienes llevan a Dios en sus vidas y lo celebran día a día.
Valentina W.B.

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