Ser, sobre todo ser, esa es mi cuestión

Hace pocos días, me preguntaba un gran amigo, por eso del año nuevo, por mis propósitos para empezarlo. Le decía que no me había planteado gran cosa. “Nada interesante”. En realidad, tengo que reconocer que no me había propuesto nada, pero me cuestionó su insistencia y mi poco afán por querer hacer algo.

Ronroneé un poquillo la idea y se me fue la cabeza con alguna historia que estaría haciendo.



El domingo, volviendo a Madrid, no encontré el enchufe del Ave. Lo vi al levantarme, después. Me había propuesto organizarme: ver calendarios, fines de semana. En definitiva, planificarme la vida y la rutina. Qué bien eso de pasear libros de vez en cuando, porque acabé leyendo “Felices” de Elsa Punset. 

En un apartado que comentaba la filosofía de Epicuro, descubrí una reflexión sobre el placer. Un modo de entenderlo más allá de lo físico y que contrasta con esa relación rápida que hacemos de que, después, causa un dolor mayor, una molestia, una insatisfacción en cuerpo o alma. Algo así como una paz interior entendí. Una sensación placentera de las de por dentro.

Me acordé de los propósitos de año nuevo y relacionaba esta idea del libro con la distinción de los estados de la mente que hace el mindfulness. Como base de esta práctica de atención plena se distingue entre el modo hacer y el modo ser.

En el modo hacer caemos en el hábito de resolver problemas constantemente. Soñamos despiertos. Y vaya si soy yo del modo hacer que me llevo todo el día inventando. En el modo ser, en cambio, la mente se centra en la experiencia presente con consciencia y sin juicios. En consecuencia, hay una sensación de libertad porque nos despegamos de la satisfacción o insatisfacción.



Eso es justo lo que me pido para el año, a los Reyes y a mí mismo.
Separarme, un poquito, de mi emocionalidad. Dejar de rumiar mi insatisfacción y mi búsqueda de la perfección para aprender a disfrutar de lo que tengo y vivo. Ser agradecido con mi riqueza, que es mucha.

Ser, sobre todo ser, esa es mi cuestión. Mirarme como me mira el Señor, sin juicios a lo que aún me queda. Al menos, cuando mirarme de otro modo me paralice. Y también, porque al centrarme con los cinco sentidos me descubro más en verdad y encuentro un poquito del Señor que quiere habitarme.  


Ayer retomé el gimnasio. No como propósito para estar estupendo en verano o para llenar el año de buenas intenciones. Se trata de buscar ese rato de despeje y salirse un poco del hacer. El esfuerzo fue una práctica muy pero que muy consciente. 

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