El Dios de TU historia
«El Hijo de Dios sufrió hasta morir, no para que los hombres no sufrieran, sino para que sus sufrimientos pudieran ser como los suyos» George Macdonald.
Hace no mucho tiempo, me propusieron hacer un ejercicio de autoexploración. Consistía en algo muy simple, aunque no por eso breve ni fácil: realizar un cronograma desde mi nacimiento hasta el presente, señalando en él mis momentos de encuentro con Cristo. Es sorprendente la cantidad de recuerdos que podemos almacenar y que salen a la luz cuando tomamos conciencia de ellos. Y es que ahí está la clave, es simplemente tomar CONCIENCIA.
Comencé por los pocos recuerdos que tenía de mi infancia, la mayoría relacionados con el colegio religioso en el que me eduqué o con mi familia: alguna oración, algunas personas, algunos momentos compartidos o la recepción de los primeros sacramentos. Sin embargo, era una fe inmadura o aprendida, que no aprehendida. Después llegó la adolescencia, esa etapa en la que nos apartamos de Dios y queremos sustituirlo, porque creemos que somos autosuficientes y capaces. Esa etapa en la que entendemos la religión como un rito, una ética o el cumplimiento de unas normas, algo así como tachar los días del calendario.
En mi caso, me encontré DE VERDAD con Cristo siendo adulta y tras una etapa de gran sufrimiento. Esto me llevó a preguntarme, ¿qué sentido tiene el dolor? Si Dios me quiere y es mi padre, ¿por qué lo permite? No voy a entrar para responder a esto en explicaciones teológicas, que las hay, muchas y muy bien argumentadas.
Evidentemente, el hombre NO busca el sufrimiento, pero os aseguro que la mayoría de las veces tenemos que caer en el pozo para despertar del letargo en el que estamos sumergidos. Si por algo estoy agradecida es por haber pasado esos momentos de desesperación, de soledad y angustia que me han hecho ser quien soy y que ahora veo como una palmadita en la espalda de Dios diciéndome que era el momento de reaccionar.
Una vez que uno ve a Cristo, una vez que lo abraza, es imposible volver a mirar el mundo como antes porque todo está revuelto. Se adquiere la santa virtud de la PACIENCIA, que no es otra cosa que respetar sus tiempos. Es un dejar de ser tú para ser con alguien más, es aligerar la carga, es entender que tu plan de vida no es mejor que el suyo.
Conocer a Dios es abrir una puerta a la esperanza y entender que tu cruz, sea la que sea, es la mejor forma de entender el sufrimiento de Cristo en la Tierra. Conocer a Cristo es confiar en él y, sobre todo, en la posibilidad de cambio de los demás. Es romper con ese manido refrán de ‘el que nace lechón muere cochino’ para afrontar cada día como una nueva oportunidad, simplemente para comprender las palabras del Evangelio «no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores».
Es un hecho que Dios entró en la Historia como Cristo y tomó forma histórica… Pero, ¿dónde está en tu historia?
María Alférez Sánchez.
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