Cada uno va en esta vida como puede, pero acompañado
Empezaré por el final y para
situarnos lo llamaré, la Propuesta.
La propuesta surgió en la última Pascua, un momento muy especial para la vida
de alguien que ha decidido “voluntariamente” seguir a un tal Jesús de Nazaret.
Lo pongo entre comillas adrede porque eso de voluntariamente, se trata de una
mentira consentida que aprendemos a vislumbrar a lo largo de nuestra vida. Sus sueños
se acaban cumpliendo y su proyecto termina convergiendo con el tuyo. Pero no
nos desviemos, estamos hablando de la propuesta:
- Tú que no estas liado y tienes
una vida tranquila, anda, escribe algo para el blog.
- ¿Y de qué escribo? pregunté.
- De lo que quieras,
respondieron.
Esto desencadenó en escribir sobre
algo importante para mí y que quiero que sirva a los demás. Algo que ha estado
latente en mi vida y que tiene que ver con una cosa llamada Encrucijada. Si, hablaremos de las
encrucijadas y de una un tanto especial que quisiera compartir con vosotros.
Aunque ya al principio del texto
he dado alguna pincelada, todos, absolutamente todos, tenemos que tomar
decisiones, aceptar cosas en la vida y “apuntar” hacia un sitio u otro. La cosa
se complica cuando en el caminar, el Boss
tiene algo que decir. Entonces, la decisión acaba en un tira y afloja haciéndose
más difícil; se enfrentan tu egoísmo y el “porque yo lo valgo” ante la postura
verdadera y sabia de “Ama y lo demás no importa”, que ofrece Dios.
Las Pascuas y Ejercicios
Espirituales, quien haya vivido alguna de las dos lo sabrá, sacan lo mejor pero
también lo peor de ti. Las encrucijadas de tu vida afloran una a una. Y ahí
estaba yo. Durante mi infancia y adolescencia, mi vida giraba en torno a los
estudios, amigos, diversión y en última instancia Dios. Pero entrando en la
veintena la cosa cambió. Había algo en mi vida que no estaba en su sitio y eso,
aunque por fuera no se viese, por dentro secuestraba mi verdadero ser. Una de
las cuestiones más trascendentales e íntimas del ser humano es la sexualidad y empecé
a no estar cómodo con la que el mundo me etiquetaba. “Esto no me puede estar
pasando”, me repetía una y otra vez. “Yo quiero una vida sencilla, ¿no puedo enamorarme
de una mujer y ya ésta?” Y en esos momentos de cruz, es cuando te das la vuelta
y encuentras su mirada. “Necesito ayuda, es cierto que no hemos estado muy en
la onda tú y yo pero esto es gordo y no sé salir de aquí ¿qué hago?”. Y como os
decía, ahora es cuando empieza el tira y afloja. La realidad era una: me gustaban
los hombres. Sin embargo, esa aceptación no se consolidaba. El miedo, la duda, la
religión, las preguntas trascendentales, el qué dirán, me corroía y por tanto
nunca terminaba por escuchar la respuesta que Él me susurraba. Dándole la
espalda, auto convenciéndome de que esto era algo pasajero y que el tiempo
pondría las cosas en su sitio, guardé todo en mi interior para no dejarlo
salir. ¡Solucionada la encrucijada!, ¿lo veis?, muy fácil, encierras lo que no
te gusta y ya está, total yo seguía siendo yo.
Los meses y años pasaban y la
decisión a priori bien tomada, no terminaba de extinguir el problema. El dilema
se lo tenía que contar a alguien, pero mis compañías no ayudaban tampoco, no he
tenido nunca un amigo o familiar cercano y de confianza homosexual, con el que pudiese
hablar y resolver dudas y eso empeoraba el asunto. Mi vida iba en decadencia
interior, se tomaban decisiones erróneas que ocasionaban disgustos, malos
hábitos y frustraciones. Así que, el camino que tomé tuve que desandarlo y volver
a la casilla de salida. Algo faltaba en la ecuación.
Y es entonces cuando apareció
silenciosamente la posible herramienta para encauzar la situación. El Discernimiento, tercera y última cosa
de la que quería hablaros. Y ¿de dónde salió la idea? Pues fíjate tú que entre
tanta oscuridad y caos personal, seguía vinculado a los grupos Spínola. Dentro
de esta familia, alguien notó que algo no andaba bien, mi Acompañante (el tema
de la importancia de los acompañantes en una vida de fe lo dejaremos para el
fascículo cuatro, no nos desviemos), que quitó el primer nudo y por primera vez
“puse palabras” a todo lo que ocurría, yendo a contracorriente de lo
“establecido”, sin prejuicios, alentándome en todo momento. Tras hablar el tema
de mi homosexualidad, se abrió un tiempo de profundo estudio personal en mi
vida donde poco a poco y durante años se empezó a buscar, reflexionar,
contestar, aprender y a aceptar el Quién y Cómo soy y Cómo quería vivir. Y
claro está, lo más importante, mirar fijamente al Señor durante todo el proceso
y de forma honesta decir “aquí estoy” y de la mano de María, su madre, tomar el
sendero correcto, aceptarme a mí mismo y resolver de una vez la encrucijada. El
Discernimiento no es moco de pavo. Cuesta y mucho. Pero una vez aplicado, la
felicidad invade tu corazón y por fin puedes continuar tu aventura con el rumbo
bien fijado.
Cuando cuento esto a la gente me
llaman valiente pero yo discrepo. Fui un cobarde, escondí el problema durante
años a mí mismo y a los demás. Pero es en esta etapa cuando he visto el momento
para completar el proceso y hacer público lo que el Señor desde siempre sabia.
Permitidme terminar con este humilde consejo: las flechas que pone Él en tu camino
sólo apuntan a la verdadera Felicidad, con ayuda de la Oración y el
Discernimiento todas las encrucijadas se resuelven, no tengáis miedo a pedirle
ayuda y a escuchar lo que os dice, en un primer momento causará más trabajo en
tu vida, pero a la larga compensa.
Antonio G.

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